Víctor Gaviria

UN AUTOR DE REALIDAD

Publicado en Kinetoscopio, edición No. 116

Cuando el nerrealismo italiano tocó las puertas de América Latina, el ambiente era propicio para hacer eco y reinterpretar una iniciativa que evidenciaba el dolor, el ambiente de un momento, de un contexto. De Argentina a México hubo réplicas, siendo Brasil el que consolidó un movimiento con nombre propio, el Cinema Novo, bajo similitudes de lo mejor del momento italiano: actores naturales, escenarios naturales, pocos recursos y un alto compromiso con la realidad y las historias crudas que evidenciaban las desigualdades sociales.

En Colombia ha sido normal que todo llegue tarde, hasta las tendencias mundiales. Y aunque grandes obras ya habían pasado por la pantalla, el impacto y la reflexión con una mirada crítica del entorno se tomó un poco más de tiempo para verse reflejada en autores nacionales. Con esto no se pretende desconocer películas y directores que aportaron en su momento, caso de Francisco Norden con Camilo, el cura guerrillero (1973), o Dunav Kuzmanic con Canaguaro (1981). Pero es indudable que fue Víctor Gaviria quien abrió una compuerta para el público colombiano con una reacción similar al del país europeo: indignación, negación de una realidad que atacaba cada día en las calles y un debate de lo que el cine nacional debía mostrar.

Rodrigo D. No Futuro (1990) es la ópera prima después de varios cortometrajes en los que se había explorado la ficción, la fantasía, la realidad. Un filme que abre la década más árida en producciones nacionales y que dejaría una profunda huella del momento. Una bella analogía a la obra de Vittorio de Sica, Umberto D (1952), no solo en el título sino en la historia, en la frustración, en el desenlace. Una marca tan profunda en las heridas que vivía Colombia, que la principal campaña presidencial del momento tuvo como slogan “Si Futuro” tratando de generar alternativas al pesado y negativo imaginario que estaba ya anclado en la sociedad. Rodrigo D. es solo el reflejo de un sin salida, jóvenes que pelean a muerte por un pedazo de esquina, de aire, de sueño que les permita creer que hay más, pero solo se estrellan con un sistema anquilosado que olvidó actualizarse.

Con una potente banda sonora, la carga de rebeldía, rabia y frustración se incrementa alrededor de historias tan cercanas que el espectador se niega a creer. El acercamiento en meses permitió a V. Gaviria meterse en los laberintos de los barrios prohibidos, entablar lazos con los chicos que el resto de la ciudad pretendía que no existieran. Y en una concienzuda lectura, entender que no había actores ni locaciones que reemplazaran lo que estaba viviendo día a día. Tomar a los mismos chicos y guiarlos, exprimirles las palabras exactas que él necesitaba y a la vez que tuvieran la espontaneidad para mostrar lo que eran. Largas tardes y noches de ensayo y rumba, permitieron que las cámaras tomaran esos rostros cargados, miradas acusadoras y un personaje que no encontró su lugar en el mundo.

Tardaría ocho años para consolidar su siguiente película: La Vendedora de Rosas (1998). Procesos lentos, desgastantes y de muchas limitaciones presupuestales hicieron que tanto la construcción como el producto final tuvieran el mismo corte que el trabajo anterior. Víctor había encontrado en ese código naturalista, la esencia para contar sus historias. La lectura de una realidad y tratar de plasmarla lo más fiel posible, genera mayor impacto, más contundencia narrativa y poética. De ahí que para el espectador sea más desgarrador, películas viscerales no intelectuales.

La historia que subsiste vendiendo rosas en discotecas, nos muestra esa “otra realidad”, la de los jíbaros, la explotación sexual, el abandono paterno. Una película que tiene al que quizás es el villano más intimidante del cine colombiano: el Zarco. Una historia tan sencilla y tan compleja, tan reveladora que logró traspasar las fronteras de lo local para perturbar audiencias de otras realidades. La Vendedora se paseó por Cannes, por Viña del Mar, por México y por otra gran cantidad de muestras. Una presentación en sociedad del cine colombiano que desató una ola de detractores en defensa del país que se debía mostrar en el exterior. Uno de los mayores logros de Víctor Gaviria no es haber puesto el cine nacional en escenarios donde ningún otro director lo había logrado, ni hacer cine en años que no existía ningún tipo de subvención del Estado, ni tampoco convertirse en el director nacional del cuál más se ha escrito internacionalmente; su mayor logro es haber quitado un velo fantasioso sobre una realidad que estaba presente y la puso con estética, con emoción, con una expresión de un autor en primera plana de la discusión nacional.

Finalmente llegó Sumas y Restas (2004) en un momento en que el público comenzó a repetir un discurso sin fundamento: el cansancio de ver más de lo mismo. Mientras en los barrios se recrudecían las fronteras invisibles, los enfrentamientos por negocios ilegales de todo tipo; los medios construían un aparente bienestar y mejoría social. Un ambiente poco propicio para contar historias de narcos y sus andadas, un filme atacado para hacerlo parecer anacrónico y que no corresponde al nuevo país.

La obra de Víctor Gaviria es el vivo ejemplo de contar historias micro que reflejan el macrocosmos, de la ficción que construye un realismo imponente, de que a pesar de su corta obra es un autor con expresión clara. Memoria de un momento, sus películas contradicen el deber ser del cine y cuentan a nuevas generaciones fragmentos de realidad. Una visión y una manera de contar que hacen un sello de integridad.

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