El vacío comercial

The Hunger Games (2012)

Una de las tendencias del cine de Hollywood es atraer la atención de adolescentes con historias pensadas para ese público, cercano a la revolución de las hormonas, ideales de amor y bestias seductoras. Desde la inocencia de Harry Potter, pasando por el absurdo chupasangre brillante de The Twilight Saga y las comedias ligeras que evolucionan de series de televisión o cuentos infantiles clásicos traídos a la posmodernidad.  La novedad de momento es la adaptación del libro homónimo The Hunger Games, una historia futurista, caótica, banal, en la que la adolescencia es vital para poder entender el absurdo. Una propuesta conceptual bastante controversial si se piensa el público al que va dirigido.

 

 

La fórmula de querer atrapar adolescentes con historias juveniles, chicas lindas, autos, excesos y rebeldía no es para nada nueva. Siempre este público ha sido identificado como importante no sólo para aumentar las cifras de consumo, sino para exponer ideas realmente profundas, existenciales, controversiales y alentadoras a la transformación. Al final, ese es el momento de vida de las grandes revoluciones. La decadencia de las propuestas de los últimos años ha hecho una nebulosa sobre la pasión y fuerza vital de la juventud. Por encima de todo el fenómeno de merchandising, las historias de vampiros enamorados rompen con cultos instaurados décadas atrás, hombres lobo monstruos convertidos en mascotas dóciles que sólo son imágenes para suspiros adolescentes. Fórmulas que cambian y atrapan públicos. Sin embargo, la esencia detrás, el cine que debería destacar, no está; tal vez lo único que conservan es la senda de valores entre amor, honestidad, valentía y el idílico futuro mejorado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si el público se quisiera estremecer no hay que dejar de lado Battle Royale (2000) de una trama similar, si desea emoción, intriga hay otros tantos filmes que liberan palpitaciones en toda la gama de calidad. Este filme no pone nada en conflicto cuando una adolescente tímida, familiar y hasta cierto punto frágil, asesina sin pestañear y luego pasa a un estado de enamoramiento forzado en el dolor. No culpas, no transformaciones. The Hunger Games confirma el mal momento que pasa el cine “comercial” y su afán de conquistar nuevas generaciones, aunque tenga una bella y talentosa actriz (Jennifer Lawrence) y sea más digerible que los vampiros brillantes.

En The Hunger Games ni lo uno, ni lo otro; ni monstruos hormonales, ni valores. Dejando de lado la obra literaria y entendiendo que es una saga de varios tomos, cada película como obra debe ser un producto terminado y no un final abierto con posibles secuelas, y tan abierto que deja un sinsabor sobre la desesperanza y falta de valores por los cuáles luchar. Esta mezcla de adolescencia y telerrealidad, lo único que aporta es el constante amor por inverosímiles realitys y la repetición de modelos ya vistos en otros filmes. The Hunger Games es una película más, con adolescentes donde el amor no es motor sino distractor, asesinar es la consecuencia lógica de respirar y la moraleja es un concepto perdido a lo largo de las más de dos horas de duración.

Esta mezcla de adolescencia y telerrealidad, lo único que aporta es el constante amor por inverosímiles realitys y la repetición de modelos ya vistos en otros filmes.

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