La política en "ficción"

House of Cards (2013 - Temp. 1)

Dos minutos bastaron para entender el personaje, el tono, la técnica y la manipulación de la palabra detrás de los actos. Dos minutos de un primer capítulo que no se olvidan, aunque la avalancha de emociones se arremolina entre diálogos densos y situaciones políticas complejas. House of Cards es una apuesta de Netflix por lo alto, que logra reunir a destacados del momento para dar origen a una serie que marca diferencia y plantea interrogantes entre esa delgada línea ficción-realidad.

 

Joel Schumacher, la actriz protagónica Robin Wright, Jodie Foster son algunos de los nombres de directores de capítulo. David Fincher, el actor Kevin Spacey, Michael Dobbs y Beau Willimon entre los productores ejecutivos, guionistas y/o directores. Un grupo de nombres que más allá de la farándula que puedan atraer, son artistas contemporáneos que se destacan en el cine y migran en este experimento hacia la televisión. No es algo nuevo, pero parte de la diferencia con otras series es precisamente ese cuidado, la narrativa y la profundidad expresiva que se logra con cada capítulo. 

La fórmula de B. Willimon ya se había visto en estas tramas políticas (Ver: Lejos del Galán – The Ides of March) y M. Dobbs en varias series de arrevesados intríngulis. Sumados a los otros más destacados, hace una fórmula ganadora.

 

La ambición de un político, la ceguera del poder, la manipulación sin escrúpulos; todos reunidos en un mismo personaje: Francis Underwood, acompañado por su esposa y no menos tramadora, Claire. Una pareja que nos deja perplejos rompiendo esquemas, donde la infidelidad es solo un camino consensuado para un objetivo en común, los medios de comunicación son una veleta que hay que saber encausar, donde el sexo es poder, la intimidación es el diario relacionamiento y la verdad pareciera no existir. El resumen de una primera temporada que sorprende por lo vil y pocos recatos que tiene para plantear una visión sobre la política moderna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Siempre el cine es quien ha llevado la batuta para las confrontaciones en la naturaleza humana. La televisión es diferente, una vía de escape a la rutina y un entretenimiento con ínfulas de educación y cultura. Ver House of Cards confirma la tendencia de la última década de personajes del cine migrando a la televisión, sintiéndose más cómodos con la exploración a profundidad de los personajes y sus contextos, enmarañando las subtramas y dando ese toque de reflexión en la pequeña pantalla. House of Cards es cínica y se burla de la buena voluntad de los espectadores, de esos que todavía creemos en política y de los que la destruyen, porque a la final no hay ganadores, solo un vacío ante la ley del más fuerte. Una serie para deleitarse en los extremos de la mezquindad política.

¿Hasta qué punto las manos de un político se enlodan para atrapar sus fines? Si bien es una pregunta que se puede enmarcar en cualquier realidad política de cualquier país, acá es solo para la ficción, o cabría decir “ficción”. Una trama que demuestra el dominio por las dinámicas propias del gobierno estadounidense, pero que todo ese marco de la Casa Blanca es solo una disculpa para aventurarse a narrar a un villano, un hombre sin escrúpulos que con ese toque personal de D. Fincher de hablar a la cámara, se convierte en una voz del subconciente de cada espectador para llevarlo al límite de las decisiones. Es inconcebible pensar que como espectador se sufre por las victorias pasadas por mentiras y sangre. Pero igual, se disfrutan.

Es inconcebible pensar que como espectador se sufre por las victorias pasadas por mentiras y sangre. Pero igual, se disfrutan. 

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