eXistenZ (1999)

Fluidos entre hombres y máquinas

Publicado en Kinetoscopio, edición No. 108

Antes de que Internet fuera el monstruo de la información y que los videojuegos se convirtieran en culto, se estrenaron películas que mostraban el camino a la virtualización de la realidad. Una futurista visión del consumo de nuevas drogas virtuales como Strange Days (1995), la perfección de la raza humana en Gattaca (1997), o las políticamente incorrectas por sus futuros tan desconcertantes como Twelve Monkeys (1995) o Brazil (1985). Por eso al momento de salir a las pantallas la película de David Cronenberg, eXistenZ (1999), el camino estaba abonado para la crudeza de las imágenes, la visibilización de un culto underground como los videojuegos y una historia a un hilo de desfallecer, sostenida quizás por las actuaciones.

eXistenZ es una película dentro de los estándares que manejaba Cronenberg para el momento: historias arrevesadas, manejo de fluidos corporales y personajes con piel de oveja enmascarando su maldad. Títulos que precedieron en la filmografía del director fueron Crash (1996) o The Fly (1986), claros reflejos de sus excentricidades visuales. En este caso, muestra una historia de interpretaciones, de personajes que asumen roles dentro de un juego virtual al que se conectan con un pod de conexión corporal, el paso siguiente de evolución y la mezcla hombre - máquina. Una diosa de la integración computacional (Jennifer Jason Leigh) y un ayudante (Jude Law) que termina siendo escolta en una aventura que salta entre la virtualidad del juego y la persecución de la realidad.

Quizás una de las razones para que este filme terminara con un perfil bajo, más allá del director y la predisposición de la gran industria a su escatológica obra, fue la contemporaneidad con Matrix (1999). Mientras eXistenZ generaba una reflexión de la naturaleza humana y su respuesta a la avalancha digital; la otra llegaba con todo el andamiaje del merchandising para convertirse en el ícono contemporáneo de la fusión biomecánica. Cronenberg apegado al realismo visual y evolución de personajes, los Wachowski por una apuesta de una estética digitalizada en su máxima expresión. En definitiva no son puntos de comparación entre sí, pero a los ojos del espectador una quedó en la memoria y otra como anécdota de libro.

 

Y es que la pulsión hombre – máquina siempre ha estado presente, como un merodeador incansable que se tecnifica a medida que la tecnología se desarrolla. En estas construcciones futuristas los directores siempre han estado tentados a la conexión, a la dependencia. Kathryn Bigelow nos mostró esa degradación en Strange Days (1995), un consumo tecnológico como droga y una pérdida del sentido de la realidad. La fiebre de final de milenio que corría por la época ayudó a catapultar este tipo de historias y eXisteZ hizo parte del movimiento. Un pod humanizado con pequeños quejidos, despiertan el lado tierno y de protección de la naturaleza humana. Un arma de hueso y cartílagos, dientes-bala y fluidos viscosos que impregnan la sensibilidad del espectador. Una trama sencilla con pequeños y medidos giros que logran dar la credibilidad necesaria, en escenarios con su toque de influencia y presencia de la cultura oriental. Una ambientación natural, sin mayores pretensiones que suma a la cercanía de ese posible futuro.

 

En los últimos años hemos visto como los avances científicos  han logrado un notable desarrollo de interfaces que comunican el cerebro con máquinas, dando órdenes sencillas pero de impactantes resultados para sus beneficiarios, por lo general alguna persona con alguna discapacidad motriz. Desde la máquina que habla por el individuo, caso de Stephen Hawking, hasta mover un brazo robótico para acercar, abrir o cerrar objetos. La realidad muestra los pasos agigantados de interconexión hombre-máquina. La ficción en el cine siempre visionaria, recrea esas realidades deformes a partir de decisiones en las que la tecnología rebasa la capacidad del hombre. Un pequeño plug recubierto de tejido carnoso y pegajoso que se introduce en un inflamado orificio creado en la base de la espalda, es la imagen que no se puede olvidar quizás por su realismo profético, quizás por la absurda propuesta.

 

Las dos actuaciones son los puntos más altos del filme. Un J. Law inocente, sorprendido y avasallado por la tecnología; J.J. Leigh encantadora, sumisa, rebelde intimidadora. Entre ambos surge lo que siempre anhela un director, la química de las miradas y la complicidad de las sonrisas. Para el espectador, la sorpresa de sus reacciones, de sus roles y sus decisiones. La sencillez de la trama nos muestra ese mundo futurista caótico, en este caso amarrado a la dependencia de los placeres que una máquina puede generar y la vivencia virtual de los seres que en la realidad no son capaces de ser. Click!! El pod cobra vida ante la conexión con el cuerpo humano, sumerge la mente en esta realidad paralela y la aventura por jugar, por vivir lo que no se es, se convierte en la gran paradoja de la virtualización de la realidad.

 

Una distopía de extremos, de posturas radicales en la que algunos hombres se entregan a la sensibilidad digital, mientras otros luchan por no caer. Una visión que más que fatalista, es seductora e intrigante. Un filme que deja un sabor de querer vivenciar aventuras épicas que hoy aun sólo se pueden a través de costosas consolas de videojuegos. Tan cerca, pero tan lejos. Y más intrigante que el siempre farandulero desarrollo tecnológico, es la grieta hacia la ruptura de la visión humana, de la nueva moral llena de libertad en la virtualidad que todo lo permite. Una película que sin ser moralista, deja su cuota de moraleja clara ante la sorpresa de lo cercano que estamos de ese punto de desarrollo. El pod se desconecta, la mente continúa… esperando ansiosa la próxima conexión.

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Photos by: THQ Insider's 

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