La Belleza de la Armonía

Some Like it Hot (1959)

Para las nuevas generaciones algunas veces los mitos no son claros dónde se crean. Marilyn Monroe ha sido considerada una de las mujeres más sensuales de todos los tiempos, pero habría que ir a revisar sus escándalos, sus infinitas sesiones de fotos y muchos artículos de la época para entender la afirmación. Más simple aún es mirar Some Like it Hot (1959) y observar ese arquetipo de rubia tonta que tan bien ejecutaba, sus curvas y su voz inocente.

Pero sería atrevido quitarles protagonismo a sus acompañantes: Tony Curtis y Jack Lemmon, uno el galán de la época y el otro uno de los mejores comediantes del cine. Un trío que bajo la dirección del gran Billy Wilder, estructuran la que es considerada la mejor comedia del siglo pasado, aprovechando las virtudes de cada uno como ridiculizar al guapo, el compromiso de ser hombre-mujer-hombre y la candidez llevada a lo erótico.

Some Like it Hot (1959)

Una historia anclada en los años 30, durante la ley seca. Un par de músicos que presencian una masacre y la única forma que encuentran para huir, es incorporándose en una banda de mujeres y claro, para ello deben disfrazarse de mujeres. Previo a la década de las revoluciones, hablar en la gran pantalla de travestismo camuflado en la comedia es uno de los grandes guiños de B. Wilder para superar el moralismo de la época, para mostrarnos una verdadera crítica y revolución. En contraste o quizás para disimular esta carga, una M. Monroe sensual y sublime, devoradora desde la inocencia y controversial para el estereotipo con el que tanto peleaba fuera de la pantalla.

Con el tiempo salieron entrevistas y comentarios de lo traumático del rodaje. Una M. Monroe dispersa, que llegaba sin los diálogos y cargada de barbitúricos. Un T. Curtis que se cargaba y apuraba para terminar sus jornadas. Un J. Lemmon conciliador, tratando de que el humor fuera el equilibrio para sobrellevar los retrasos en el plató y el desespero de un director que no encontraba como sacar adelante el proyecto. Presión por el estudio, presión por la prensa, presión por el equipo de trabajo. Un ambiente tan tenso que cuesta creer la maravillosa comedia que engendró.

El trabajo fotográfico en blanco y negro va más allá de lo nostálgico, y fue una solución práctica para compensar la carga de maquillaje que debían llevar los actores. A color daban una tonalidad verde que no permitía la credibilidad de pasar como mujeres. El director de fotografía Charles Lang hizo la apuesta y acertó para crear ese key low, ese juego de sombras profundas con las transparencias de los vestuarios. Música, escenografías, vestuario acompañan los elementos más fuertes: guion y actuación. Chistes en su punto, referentes de época y sutiles críticas sociales van sumando para una estructura equilibrada.

Billy Wilder era perfeccionista, detallista en la manera de incluir lo imperceptible para ojos descuidados, pero llenos de belleza para quienes atienden. La inclusión del actor George Raft (Spats-Polainas) quien fue uno de los creadores de los gángsters en el cine, quien desarrollo el juego de la moneda al aire y acá un homenaje a su aporte. El coqueteo con el slapstick, la comedia de comienzos de siglo, en contraste con el screwball y esos diálogos acelerados y llenos de desencuentros. La capacidad de sacar adelante un proyecto que en algún momento pareció desmoronarse. Ser uno de los pocos directores de cine que lograron sacar la magia, la chispa única que tenía M. Monroe con la cámara y ayudar a la construcción del mito, regalar para la perpetuidad un humor estilizado y desafiando lo más instintivo de la masculinidad.

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