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Nuevo, bonito y vacío

Gun-Fu

La violencia exagerada y sin sentido en el cine no es algo novedoso y menos en Hollywood, pero el incremento de seudo-héroes que dominan todas las artes marciales, armamento, estrategia militar, contactos del bajo – medio - alto mundo y un humor de revista de farándula; hace que el panorama en el cine de acción sea homogéneo, sin sorpresa y que hostiga en el mejor de los casos… en el peor, humilla al mismo cine. Acá un primer filtro: para quienes no les interesa el sin sentido de los argumentos en el cine y solo disfrutan ver que secuencia tras secuencia “dan bala”, pueden dejar el artículo acá. El resto, continuemos.

La estilización de la violencia ha caído en una simpleza que solo llena los minutos con secuencias de compleja elaboración, pero ausentes de total motivación. Para ello utilizan personajes que buscan una redención y que su única opción es recurrir a lo más grotesco para fracturar huesos, disparar sin conciencia, salpicar sangre a la pantalla y acabar con toda infraestructura posible.

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¿Será que los productores van a cambiar la fórmula si la que tienen les sigue llenando los bolsillos?

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Surge en este punto un segundo filtro y es diferenciar el enfoque del planteamiento: uno es el refinamiento de las peleas y su evolución, y dos el vacío argumental que ha caído en picada en los últimos años. Más peleas o mejores acrobacias no hacen mejores filmes. Personajes vacíos con pasados tormentosos y sin resolver no son la profundidad o motivación suficiente.

Hagamos un breve recuento histórico: en los 60’s las películas de kung-fu que se realizaban en China comenzaron a tener presencia en otras latitudes. De ahí, surge una figura como Bruce Lee quien sirve como puente entre productores y coreógrafos de peleas chinos con los estadounidenses. La fascinación por los movimientos y fuerza corporal abrió una primera compuerta para que se comenzara a lucir en cine y televisión. En 1986 una película que marcaría un punto de corte: A Better Tomorrow dirigida por un joven John Woo, mostraba la extravagancia de la violencia y las artes marciales ya no con lejanas historias místicas y samuráis, sino en el contexto de la mafia y la urbe. Esta película desencadenó un subgénero del cine de acción: “Heroic Bloodshed”, algo así como matanza heroica o derramamiento de sangre heroico. Un estilo de historias, fotografía y estética que las hacen particulares y apetecidas por todo el mundo. Pero la consolidación final de incluir las artes marciales en Hollywood llegó con las hermanas Wachowski en la película Matrix (1999), en la cual contrataron al coreógrafo chino de peleas Woo-Ping Yuen y donde toma forma el concepto de gun-fu: secuencias vibrantes de tiroteos a corta distancia que se mezclan con artes marciales.

Esta vitalidad y evolución de narrativas es natural para el cine, desde cualquier óptica es lo necesario adecuar a un contexto, a la transformación tecnológica y los nuevos públicos. Es indudable que las complejas coreografías, el despliegue físico y el toque de irrealidad que surgen en estas secuencias hacen que las emociones en el espectador vayan a otro nivel. Las viejas peleas a puño limpio quedaron relegadas a verse como los nuevos clásicos del cine de acción. Indudable acierto esta fusión y el deleite de esos momentos de puro gun-fu.

Pero decir que estas películas han ganado también en profundidad, en arcos dramáticos más intensos o trasfondos interesantes; sería un despropósito. Dejemos de lado el cine oriental y los subgéneros que allí se han desarrollado, para concentrarnos en Hollywood. La simpleza y facilismo de las historias, los personajes y las justificaciones para llegar a la tensión dramática de la pelea; son ridículas. La estructura se viene desarrollando hace décadas y es más o menos estable: un personaje con un pasado que mezcla un entrenamiento militar y algún pecado que lo ha marcado profundamente. Este personaje enfrenta un presente que lo confronta con su pecado y despierta una necesidad de redención o venganza. Desde allí tenemos al personaje clásico de James Bond, todos los 80’s con Silvester Stallone: Nighthawks (1981), First Blood (1981), Cobra (1986), Over the Top (1987), Tango & Cash (1989), Demolition man (1993), The Specialist (1994), Assassins (1995); y claro Arnold Schwarzenegger con Commando (1985), Raw Deal (1986), The Running man (1987), Red Heat (1988); entre un listado más largo, pues fue una moda de la época.

Luego surgieron títulos con trasfondos y personajes mucho más interesantes dentro de ese cosmos de violencia: el inolvidable Leon (1994), Nikita (1990), Man on fire (2004) Sin City (2005). Los viejos arquetipos como Bruce Willis tuvieron que ir adaptando sus secuencias de pelea y si bien ellos no son los expertos en artes marciales, aparecen enemigos que si. Pero este buen balance de trama-acción no fue la constante y cada vez fueron apareciendo estos personajes vacíos, marcados por un pasado que se resuelve en una frase y justifica la carnicería.

El nuevo paradigma es John Wick (2014 – 2017 – 2019), donde la simpleza de la construcción del cosmos permite que se incluya, a medida que avanza la franquicia, cualquier disparate posible. Eso no es malo del todo, es pragmático y permite abrir la trama a cualquier frente, incluso a lo absurdo. Paralelo se han dado títulos de todo tipo: Taken (2008) y secuelas, Cold Pursuit (2019), The Transporter (2002) y secuelas, The Equalizer (2014) y secuela, Luc Besson tratando de replicar su éxito sin mayor trascendencia con Lucy (2014), Anna (2919); y un gran etcétera. Un fenómeno que ya vemos replicado en otras filmografías como La Belva (2020), Mosul (2019) y otro mediano etcétera.

Lo que presenciamos no es un despliegue de un subgénero de acción en crecimiento. Es la ya famosa “fórmula hollywoodense” aplicada, mascada, exprimida y llevada a la saciedad, donde lo único que varía es el actor de turno. Y de allí la gran ambigüedad del grueso del público, que repite estar cansado de lo mismo, pero sigue llenando salas con estas entregas. ¿Será que los productores van a cambiar la fórmula si la que tienen les sigue llenando los bolsillos? Mayor complejidad de coreografías, efectos especiales, fusiones de artes marciales, armas con tecnología y toda una nueva puesta en escena con la misma vieja fórmula. Se puede entender la idea de películas para “pasar el rato”, pero que sensación de vacío ver que con estos productos se satisface a un público poco exigente. Un cine que está pisoteando el cine, propuestas que se alejan del concepto “séptimo arte” y se congracia con la idea de “máquina de dinero”. Películas que pasan rápidamente al olvido, que no dejan huella en ese deleite que es ver cine. Filmes donde se reafirma la crisis del cine, mas no de la taquilla o modelos de negocio (que también están en crisis), sino en la creativa, en el estancamiento conceptual y donde todo se fundamenta en estar creando nuevos efectos especiales. El cine violento siempre ha estado, y estará en el cine, esperemos que lo venidero pueda retomar la esencia de contar dramas y no solo muertos y balas.

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