Intimidad entre Vecinos

Confesión a Laura (1991)

En una de las décadas más áridas en producción cinematográfica en Colombia, se realizaron grandes filmes que marcan puntos muy altos en búsqueda y expresión. La Estrategia del Caracol (1993), La Vendedora y de Rosas (1998) y Confesión a Laura (1991) son los principales filmes de esos años y de la historia contemporánea, con historias potentes, directores en batallas quijotescas para sacar adelante un proyecto y resultados de ovación en la crítica especializada y público en general.

Confesión a Laura es la opera prima de Jaime Osorio, a partir del guion de Alexandra Cardona, recrea un Bogotazo desde la intimidad, desde una anécdota perdida en medio del caos que se vivió esos días de abril de 1948. Una pareja, ella imponente y cantaletosa y él sumiso y pudoroso. Quieren atender a su vecina del edificio del frente con una torta en su cumpleaños. Él pasa la calle y no puede retornar, a partir de ahí entre la comedia y el drama, las revelaciones y lo que surge donde menos se espera que surja la emoción.

Confesión a Laura (1991)

Una recreación de esa Bogotá fría que se hizo en La Habana, Cuba, gracias a la ineficacia del entonces FOCINE donde fue más fácil coger la utilería y llevarla a otro país, que si estaba financiando cine e interesado en desarrollar esta historia. Ambientación impecable con las vajillas, los vestuarios, los muebles, el radio y cada espacio cuidado para transportarnos a la época. Actuaciones llenas de miedos, te respetos y cortesías que hoy parecen absurdas, de lenguaje y costumbres que dejan la sensación de añoranza. La gran Vicky Hernández en uno de sus mejores momentos, dejando la televisión de lado y asumiendo esa duda, esa contradicción en una vida que pareciera estancada en el tiempo. Y un Gustavo Londoño tan bogotano, tan recatado que sorprende como desnuda su alma y su transformación.

En una de las fechas más complejas de la historia nacional, una película que deja un subtexto de cómo el conflicto nos afecta (o no) en la cotidianidad, donde pareciera que hay que levantar los hombros y seguir indiferente con el entorno para poder seguir viviendo con sueños, amores y miedos. O quizás la mirada tan íntima a los personajes, donde el caos político es solo una disculpa para reafirmar los verdaderos anhelos y temores que nos tocan.

Más allá de los múltiples premios, es una obra para degustar, para compartir y abrir el diálogo. Una película que trasciende las fronteras por su sensibilidad, esa que conecta espectadores donde sea proyectada y deja ese aroma de reivindicación con la vida. Un drama con ese toque de humor inteligente aprovechando las conductas y el contexto, una historia de amores que se encuentran y en el humo del cigarrillo se transforman los sueños. Un filme colombiano de los que es necesario ver en gran cantidad.

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